jueves, 28 de mayo de 2015

En Desacuerdo "Capítulo Segundo"

CAPÍTULO II


¿Poderosa imaginación? ¿El bloggero más encantador de Goggle +? Por favor, Julia... Tanto piropo... ¡Me vas a poner tan colorado que no voy a poder salir de casa! Yo no soy de halagos, por ejemplo, cuando leo un relato que me gusta, pues digo: "Está bastante bien, me parece correcto..." ¿Que es eso de "Magistral, genial, extraordinario, sublime..." ¡No! Yo no soy de esos...
En fin, me complace que hayas aceptado el reto de escribir este relato conmigo (La genial, extraordinaria y sublime... JULIA C. mano a mano con este humilde escritor.)

Esto, queridos lectores, es lo que sucedió...


La mansión la heredará el único de mis hijos que tiene las manos limpias de sangre... Las manos limpias de sangre... Manos... Limpias... De sangre...

Aquella última instancia resonaba en incesante bucle, mezclándose una palabra con otra, hasta crear un torbellino de indescifrable galimatías en la mente de Rose.

El sudor frío y un estado de hipertensión se adueñaron de la mujer de felina figura, envolviéndola en una atmósfera de inquietud y terrible malestar. Una invasión de angustia se aferraba a sus frágiles huesos y reptaba por su cuerpo, abrazándose a su mísera alma.

Probó de abrir su bolso Versace de cuero negro con sus temblorosos dedos. Una uña escarlata se quebró en el primer intento, pero ella no sintió nada. Tras conseguirlo, introdujo sus manos para alcanzar un pañuelo con el que secar de su frente aquella hedionda exudación que emanaba cierta fragancia a sospecha.

Pero no hallaron pañuelo alguno sus manos. Se hundieron en el bolso bañándose por completo.

Remojo tibio y denso. Las sacó de inmediato y las observó, estaban empapadas de sangre caliente y latente. Sus ojos ojipláticos se tornaron blancos y sus párpados cayeron como el telón del final de la peor de las representaciones teatrales de la historia.

Unos gritos desgarradores, pidiendo auxilio y clemencia, provenían del cielo con el eco del infierno.

Rose alzó la mirada.

Como una gigantesca crisálida, amalgama hecha de pedazos de cuerpos humanos.
Tres cadáveres putrefactos.
Tres hombres supurando el mal de sus muertes.
Atados por el cuello de uno de ellos a una familiar soga de cuerda de amarre.
El primer marido de Rose, el magnate marinero.
El segundo esposo, descuartizado por cientos de tajos propinados por cientos de cristales. El volante incrustado en la mandíbula inferior.
Y el tercer cuerpo. Regurgitando borbotones de espesa espuma blanca por la boca, vomitando pedazos de pastillas y alcohol.
Una cascada de pesadillesco flujo bermellón, amarillento orín y grisáceo espumarajo.

La horrorizada Rose por fin alcanzaba el pañuelo con el que secar su frente.

- ¡Mamá! ¡Mamá!

- Eh...

- ¿Estás bien, mamá?

- Sí, si, Robert. Perfectamente.

El Sr. Worsworth restaba impaciente, con ambas manos apoyadas y agarradas al atril, desde donde había anunciado los últimos deseos del difunto, Monseñor y Barón, Don Gerald Locker de Chatternau. Santo devoto de la catedral Chatternau de nueva Escocia, hijo primogenito de los Condes Lockers de Canterbaury, marido de Lady Frida de Pomposerniaure y padre de varias ratas y un cordero degollado.

Una de las familias Españoanglofrancesas de más renombre por aquellos lares, por sus distinguidos títulos novelescos y por aquel hedor atmosférico de terribles secretos que emanaba por cada uno de los ventanales de aquella tétrica y extremadamente fastuosa mansión.

Con mirada inquisitiva, el notario, como otro mueble de aquella habitación, de aspecto antiguo y de visible decadencia humana.

- El Barón Locker concluyó sus voluntades con esta nota. "Cada uno de mis hijos, deberá pasar por el atril, desde donde tantas veces encabecé nuestras reuniones familiares..."

- ¡Monólogos patriarcales! - Vociferó, John -.

- " ... Y hablar. Su sola presencia será debidamente juzgada, sus manos resplandecerán ante los presentes, limpias o ensangrentadas. Uno de ellos, será el nuevo dueño de la casa de los Lockers de Chatternau".

- Aparta viejo. - John saltó de su asiento, empujó sutilmente al señor Worsworth y ocupó su lugar en
el atril- . Esto es una soberana estupidez, acabemos rápido con este último insulto de nuestro padre.

Las luces se apagaron, los ventanales se cerraron. Una helada ventisca envolvió a los presentes y una fluorescente figura de ojos brillantes iluminó la sala. El fantasma del joven  Andrew, con voz ronca de ultratumba, amenazó a sus hermanos.

- ¡No hay escondite posible! ¿Recordáis aquel, vuestro cruel juego? ¡Mi turno ha llegado!






Continuará...

Para leer el CAPÍTULO I de Julia C. Pincha AQUÍ.

sábado, 23 de mayo de 2015

Camino Hacia la Paz

Me sentía abatido, caminar era arrastrar un cuerpo con los pies enfermos, a plomo, la cabeza a punto de estallar, llevaba una semana con un cuadro vírico que no parecía querer morir, desvanecerse y dejar mi cuerpo y mi mente airearse, resurgir.

Tenía cientos de letras ancladas al alma, palabras de amor con alas de mariposa recién horneadas en un mundo de piruletas. Palabras de una fábrica de sueños falsos que te proporcionaban una sonrisa inerte en la mirada. Palabras de un niño qué, reflejado en el espejo de un mundo futuro desolado, ansiaba un poco de calor y cariño. Palabras escondidas tras unos ojos azules inyectados en una espesa niebla de maldad. Palabras de seres mágicos de un mundo de ensueño, entre los que yo me hallaba con un pasado distinto, triste e igualmente abatido en mi destierro. Palabras de una anciana sabia que deseaba que encontrara mi libre pensamiento en cientos de libros de un estante de sabiduría y comprensión. Incluso palabras acusadoras que no tenía porque leer. Y otras muchas palabras de licantropía, payasos infernales, insectos hambrientos, viajes desafortunados, lujuriosas cerezas, hijos monstruosos y otras pesadillas asfixiantes. Tenebrosas y macabras, palabras.

Eran precisamente palabras de horror las que circulaban por mis neuronas, en busca del final a una saga literaria en proceso, cuando mis pies se detuvieron.

Me hallé quieto ante un escenario. Los carteles rezaban la semana por la paz. Una maestra de escuela anunció el acto. Los alumnos de la Escuela Tordera saldrían a escena en un canto por la paz.

Tres chicas, una de origen europeo, otra asiática y la última, árabe. Dos chicos, uno europeo y el otro africano.

Recitaron un poema. Hablaba sobre el momento en el que nacemos, libres de sentimientos y pensamientos de raza y sexo, libres de identidades futuras, de religiones, de deseos más allá de la mera supervivencia y afecto. Hambre y amor. Las dos necesidades básicas que mueven el mundo.

Hablaba sobre como crecemos y alimentamos esa identidad que no tenemos al nacer, como cosechamos una raza, un género, una creencia, una ideología, un sentimiento de pertenencia a una nación, a una clase social, a una religión y a otras cosas aún más banales, como a un equipo de fútbol o a una tribu urbana, todo ello por encima del amor incondicional por el mundo.

Me he sentido tan identificado y liberado. Un grupo de chavales recitando sobre mi forma de ser y pensar. Yo que siempre he creído que somos aquello que anida en nuestro interior, que todos somos uno, que somos muchos los que caminamos hacia la paz.

Al acabar el recital, acompañado de una bella música, mis pies se han vuelto a poner en marcha.

De pronto me he hallado menos abatido, aireado, resurgido. He mirado hacia atrás y he dado las gracias mentalmente y de todo corazón, he mirado hacia adelante y las he vuelto a dar...


... Gracias.

viernes, 15 de mayo de 2015

Fausto

Allí estaba, erguido como un botellín en una terraza de verano, inmóvil y supurando alcohol por la comisura de sus labios morados. La babilla reseca se mezclaba con el vidrioso y rojizo borbotón del vino barato, ese brick inseparable que llevaba como reloj de oro heredado en el bolsillo de su mugriento chaquetón.

En aquella ocasión, la labor de ser oídos sordos, había recaído sobre una farola del parque del Rabal.

- ¡Escucha, tipo esquelético de metálica mirada y frío corazón! ¡Yo soy la voz de la verdad, de la absoluta verdad, la realidad sin parangón! ¡Soy el poeta de las puras letras y hombre de mierda me llaman sin razón!

Una piedra le pegó en el cráneo. Unos aburridos chiquillos restaban sentados en un banco sin nada mejor que hacer.

Se zarandeó con el duro golpe, sin expresar dolor alguno. Mientras la sangre brotaba por la grasienta capa capilar y chorreaba por su frente, Fausto no dio por concluido su enfático monólogo frente a la farola.

- ¿Que es el dolor si no una expresión del cuerpo, una señal de que algo no va bien?

Una señora arrojó una moneda a los pies del mendigo.

Este la alcanzó y la lanzó con todas sus fuerzas hacia donde estaban aparcados aquellos crueles chavales.

- ¡Tomad, insensatos, compraos una porción de ridícula felicidad! ¡Dicen que la venden barata, en la tierra prometida de la Coca-Cola Light!

Agarró el brick, dio un buen trago y caminó. Dos horas, sin detenerse. Hasta llegar a un poste telefónico a las afueras de la ciudad.

- ¡Escucha, tipo alto de rugosa mirada, de madera quebrada y partido corazón! ¡Yo soy la palabra justa y el clamor de los rayos del sol! ¡Soy el titiritero y tu una triste marioneta a mi libre disposición!

Esta vez nadie interrumpió a Fausto.

Cuando dio por finalizado el monólogo, abrazó al poste y se puso a llorar. Las lágrimas se mezclaron con la sangre reseca y la suciedad de su rostro.

Dio un buen trago a su brick de vino barato y continuó su camino.

Tres años después.

Las puertas del colegio se abrieron al son de una linda canción, como siempre, a las nueve en punto.

Los críos corrían cargados con sus mochilas, saludando al viejo conserje.

- ¡Buenos días, Fausto!

Él les contestaba con una amplia sonrisa.

- ¡Buenos días, Fulano, buenos días, Mengano...!

Pocos sabían del pasado de aquel buen hombre. Trabajó en aquella escuela durante veinte años, marchó por un tiempo y más tarde regresó.

Cuando ya habían entrado todos, Fausto cerró las puertas de la entrada y dirigió una brillante mirada a la papelera metálica que había tras él.

- Escucha tipejo... -Le susurró- .




jueves, 14 de mayo de 2015

Insomnio

Madre e hijo, desesperados por el insomnio. Tantas noches en vela. La casa apestaba a puro y el desagradable olor a coñac impregnaba incluso las fumadas cortinas.

- Desliza suavemente la hoja por la garganta mientras te sientas sobre la almohada. Yo le sujetaré los brazos y las piernas. Debemos unir nuestras fuerzas.

Los aromas de tabaco y licor se desvanecieron con pintura e incienso. El insomnio se curó de manera tajante, por fin cesaron aquellos infames ronquidos nocturnos.




Fin

Gonzo

Tras una hilera de cipreses junto al parque, Gonzo regresaba a su forma original, mientras relamía la carne de sus fauces. Regurgitó un trozo de tela floreada. Su ama se agachó y lo guardó en el bolsillo del pantalón.

- Disculpe, ¿Ha visto una pequeña de cabello rubio y coletas?

- No la hemos visto, lo sentimos.

- Lleva puesto un vestido de flores, su nombre es Ana. Es mi hija, no la encuentro.

- Sentimos no poder ayudarla. Ana, delicioso nombre - Dijo mientras palmeaba la panza de su pequeño Bulldog francés -.


Fin

martes, 12 de mayo de 2015

Cómplice "Micro Terror + Audio"







Una habitación iluminada por una potente luz fluorescente, el frío es insoportable, la sangre se espesa en los cuerpos helados y retorcidos por el pánico.

Unos ojos expectantes y otros supurando maldad en su máxima expresión, las pupilas dilatadas como crisantemos.

Tres hombres y tres mujeres, en ropa interior, arrodillados y maniatados...


***

- ¿Que te parece, me los cargo? ¿Me los cargo a todos?

- ...

- ¡Se les van a quedar las bragas y los calzones como el pañal de un recién nacido!

- ...

- ¿El primero? ¿El chico alto de pelo castaño? Atiende al sudor, huele a gangrena, es el terror, el miedo despierta a las bestias, ellos se lo han buscado, cada una de esas gotas que caen de sus nucas y encharcan sus curvadas espaldas, son una clara demanda de muerte.

- ...

- Creo que sería un gran favor por nuestra parte acabar con sus vidas de una manera rápida, la muerte por congelación es muy dolorosa, agonizante hasta el último vaporoso aliento. Están empezando a coagularse, sus nervios ya deben estar gravemente afectados, su piel se está tornando de un fascinante color púrpura, aún así siguen sudando como gorrinos, cuando sus pieles se ennegrezcan será demasiado tarde. ¿Lo hacemos ya? ¿La pequeña de cabello rubio?

- ...

- Observa las ampollas de esta pelirroja, sus manos parecen tener diez dedos, ¿Que te parece? No nos oyen, no nos ven, no saben que estamos aquí... ¿Me los cargo? ¿Dime, lo hago? Te oigo pensar, ¡Habla de una maldita vez! ¿Que deseas que haga, dímelo y así lo haré?...

- ...

- ¿Tengo que suplicarte? ¡No puedo soportarlo más! ¿Por qué sigues ahí? Contemplando, ¿A caso disfrutas con esto?

- ...

- ¿Que escribo? Están sufriendo, deja de leer o pídeme que los mate, aquí y ahora, ¡Asume tu responsabilidad! Decide el final de estos inocentes.

- ...


                                                           


¿Fin?
- ...

lunes, 11 de mayo de 2015

Rojo Infierno "Micro Terror + Audio"







La pequeña corría por la gran mansión, golpeando su frágil cuerpo contra las paredes de los interminables pasillos, sangraba la profunda herida de su brazo derecho dejando un rastro rojo infierno en el suelo, los pies descalzos de su verdugo pisoteaban los charcos donde antes se había detenido la chiquilla a tomar aliento, ríos de sangre y huellas.

Casandra se agarró a la barandilla de la enorme escalera de caracol que unía la segunda planta con el desván y peldaño tras peldaño subía entre gritos de dolor, allí arriba se escondió entre muebles antiguos, polvo y telarañas, descansó un largo rato.

La madera crujía bajo sus pasos, ojos inyectados en maldad, macabro juego del escondite, asomando la cabeza con brusquedad, no halló la muerte a la pequeña en los rincones, en la penumbra.

La niña atemorizada, oculta en el silencio, reprimiéndose los alaridos del sufrimiento, entrecortando su respiración, acelerando sus palpitaciones dio esquinazo a la sombra que la perseguía.

Bajó las escaleras con el cuerpo inclinado, resbalando sobre el flujo bermellón que antes había escapado de sus venas, contemplando las huellas de los pies descalzos que la intuían cerca, lista para afrontar otro cruel ataque con el filo de su puñal, bañando así con su vida el hambre del terror que la acechaba incansable.

Volvió a recorrer los pasillos, recorrió la mansión una y otra vez y cansada del terrorífico juego se detuvo ante el gran espejo de la entrada, posó la punta del puñal en el reflectante cristal y rió de nuevo.

- Te he vuelto a alcanzar Casandra.

Sus pupilas se dilataron como luna llena en la inmensa nocturnidad, alzó su mano izquierda y esta vez rajó su bello rostro, una cascada de rojo infierno resbaló por su frágil cuerpo hasta cubrir sus pies descalzos.




Fin

domingo, 10 de mayo de 2015

Todos Menos Yo

Prólogo "Declaración de Intenciones"

Realizaba mi parte de las faenas del hogar como un niño al que le mandan acabar los deberes de invierno, antes de poder ir a jugar con los juguetes que le hubieran traído Papá Noel o los Reyes Magos. En cuanto al tiempo, seguía sintiéndome como esos niños que tienen un día para divertirse, antes de empezar el segundo trimestre. En mi caso las prisas por acabar de fregar los platos, barrer la casa, tirar la basura o ir a sacar a Pancho, el perro de la familia, eran para sumergirme en mi blog de escritura. Tampoco disponía de demasiado tiempo para desconectar del mundo real. Después de acabar los deberes, acabar ese maldito trabajo de ciencias o estudiar para algún examen, tocaba cenar, ponerse el pijama y lavarse los dientes. Si a todo esto le sumas que debo acostarme temprano porque lo paso fatal si duermo menos de nueve horas y cada día debo madrugar para ir al instituto, como resultado te da que mi vida es un estrés. Un continuo sin fin de quehaceres insufribles.

Tengo dieciséis años, me llamo Lucía, Lucía Serrano y quiero ser novelista de suspense. Tengo un blog titulado "Freak Blog Girl". Es muy friki. Contiene muchas referencias a series y películas que me han marcado. Mis cuentos son de misterio, de miedo, de ciencia ficción... Pero lo que quiero es escribir un libro. Uno de esos que lea mogollón de peña y al acabarlo digan... ¡Ostias, que guapo! ¡Que final! ¡No me lo esperaba para nada! Como el final del Sexto Sentido, Sospechosos Habituales o algo así.

Esta es la introducción de mi novela. La voy a empezar ahora. Tengo la historia, los personajes y el final sorpresa. Trata del asesinato de mi hermanastro. Es una historia real que he vivido en primera persona. Cambiaré los nombres de los personajes. No mencionaré los verdaderos nombres ni apellidos. No quiero que nadie se enfade.

Sucedió hace tan solo tres meses. Yo estaba allí.

Tuve que declarar ante una agente de policía. Mientras le explicaba todo lo que ocurrió aquella noche, en esa cena, me di cuenta de que tenía los ingredientes precisos para escribir mi anhelada novela de misterio. He acabado el curso. Comienzan las vacaciones de verano. Dispongo de todo el tiempo del mundo para sumergirme en mi blog y escribir.

***

Todos Menos Yo
Por Lucía Serrano


I


La agente Figueroa, alta y rubia platino, sostenía una taza de caliente y humeante café recién hecho. Clavó su mirada en mis ojos y me dijo pausadamente, como haciéndose la interesante...

- Dime niña, ¿Que ocurrió, según tu, aquella noche? - Dio un sorbito al café- .

Entonces le expliqué todo. Sabía que mi declaración iba a ser la mejor de todas. Yo era la última en pasar por la sala de interrogatorios, claro, tan solo era la hija de la madrastra, solamente llevaba tres años acudiendo a la cena. Cada 24 de Marzo se reunían la familia Gil y Campoamor, de manera honorífica, por la muerte de Sofía Campoamor, la madre de Jonathan y Julia, allá por 1992.

Creo que tenía 29 años cuando murió al dar a luz a su hijo.

Me mandaron ir a tirar la basura y fue el azar el que lo desencadenó todo. La bolsa se me quedó enganchada en una punta de alambre de la valla del jardín. Recuerdo a mi madre decirle a mi padrastro que tenía que arreglarla o alguien se lastimaría con ella.

La basura se desparramó por el suelo, estaba flipando, entonces vi entre aquella porquería, que no pensaba recoger con las manos, una jeringuilla con sangre, tope de asquerosa, cogí una servilleta de papel que no estaba demasiado sucia y con ella agarré aquella aguja y la entré a casa.

Solo entrar me di cuenta de que algo malo había pasado. Alejandro Gil, mi padrastro, sostenía el teléfono e iba a marcar un número. Le estiré de la camisa, me miró y vió la jeringuilla que sostenía en mi mano. La observó paralizado.

- Mira que había en la basura, es como esas que usan los yonkis.

Alejandro colgó el teléfono y ordenó a la familia que se reunieran en el comedor y se sentaran en la mesa. Presentía que algo había sucedido, lo veía en sus rostros. Pero para nada me esperaba lo que dijo mi padrastro.

Nos miró fijamente y gritó enfurecido.

- ¡Alguien de vosotros ha matado a mi hijo!

La agente Figueroa dejó la taza sobre la mesa, puso sus manos como si fuera a rezar.

- ¿Como dices, Lucía?

- Pues eso, que gritó que alguien de nosotros había matado a su hijo.

Resulta que Jonathan no bajaba a cenar. Lo fueron a buscar. Creo que fue su hermana Julia, lo encontró así, tumbado en la cama, muerto, de sobredosis. Él había estado enganchado a la heroína, pero según pensábamos todos, se había quitado. Llevaba dos años limpio y se sentía mejor.

Pero al encontrar la jeringuilla, su padre dijo que no era posible, que la basura estaba en la cocina y que su hijo había muerto en su habitación, en la planta de arriba. Dedujo que no podía haber bajado a tirarla. Alguien le había inyectado la sobredosis y luego se había desecho de la aguja. Nos dijo que su hijo no hubiera hecho eso y mucho menos aquel día, en el aniversario del fallecimiento de su madre.

La verdad es que el resto parecimos estar de acuerdo con Alejandro. Entonces decidimos, antes de llamar al hospital para que mandaran una ambulancia, o a la policía para denunciar el asesinato, decidimos que el culpable debía confesar. Teníamos que solucionar aquello antes de que nadie más se enterara de lo que allí había sucedido.

Mi madre, lloraba. Dolores Campoamor, la abuela de Jonathan, lloraba. Julia, lloraba. El resto se miraban las palmas de las manos, pálidos. Habían mocos colgando, hipos, sutiles gemidos. Nadie decía nada, pero había un incesante murmullo de sollozos y sonidos molestos. Yo los observaba a todos, atónita, con los ojos bien abiertos. Alejandro golpeó bruscamente con el puño cerrado sobre la mesa, de un sobresalto clavamos nuestras miradas en él.

- ¿Has sido tu Agustín, te has vengado de lo que le hizo a tu hija?

Agustín, el cuñado de Alejandro, sentado junto a su mujer, Magdalena Campoamor, hermana de Sofía. Al lado, su hija, Cristina, prima de Jonathan y Julia. Mi primastra, si es que eso existe.

- ¿Pero que cojones dices? - Le respondió Agustín -.

- ¿Pero Alejandro, como se te ocurre? - Intervino Magdalena- .

- ¿Vengarse de lo que me hizo? - Añadió Cristina -.

Aquello era un desmadre. Yo me preguntaba y seguro que también, el resto de los que allí restábamos pasmados, ¿Que demonios le había hecho Jonathan a su prima para que sus padres quisieran acabar con su vida? Pues bien... Pronto lo averiguamos.

Pancho olisqueaba mis pies.

Alejandro mencionó algo de unos ataques por parte de su hijo a su prima. Al final fue Magdalena quien detalló lo sucedido... Tiempo atrás, cuando Jonathan y Cristina tan solo eran unos críos.

Jonathan y Julia veraneaban en casa de sus tíos, en un apartamento cerca de la playa. Cristina llegó un día a su hogar con un ojo morado. Les contó a sus padres que su primo le había arreado un buen puñetazo.

Jonathan no lo desmintió. Se llevó una buena zurra, propina de su tío, Agustín, manos grandes.

Magdalena y su marido acabaron peleados con Alejandro durante un tiempo. Pero aquello no fue todo. Al año siguiente, volvieron a ir a veranear, por última vez, a la casa de la playa de sus tíos.

Esta vez, Cristina volvió a casa con una marca en el cuello, como si alguien hubiera intentado estrangularla...

¡Aquello fue tremendo! Cuando dijo esto Magdalena, la familia enmudeció y nos miramos los unos a los otros, con cara de espanto. Agustín tapaba los oídos de Cristina, como si no quisiera que escuchara aquello. Para que no rememorara aquel angustioso día.

- Mi pobre niña, ¡Sangraba por ahí, sus braguitas, no llevaba sus braguitas! - Rompió a llorar a moco tendido-.

Nadie dijo, por eso, que hubiera sido Jonathan, el culpable de aquella atrocidad. Pero jamás volvieron, ni él ni su hermana Julia, a veranear en aquella casa.

Los años pasaron y aquello quedó en el olvido. No hubieron señales de violación, pero alguien le había provocado mucho dolor a Cristina. Aquel horrible día de verano.

- ¡Yo no he vengado a nadie! - Gritó Agustín a su cuñado- ¡Ni siquiera estábamos seguros de que aquello hubiera sido culpa suya!

- ¡Si que lo pensasteis! -Contestó Alejandro-.

Magdalena intervino.

- ¡Sí, no solo lo pensamos. Siempre supimos que fue Jonathan. Pero nosotros no tenemos nada que ver con su muerte! ¡Ricardo y Anselma, ellos si tenían verdaderos motivos para hacerlo! - Acabó por Sentenciar -.

La agente Figueroa dio un enorme trago a su taza de café.

- ¡Madre de Dios! - Masculló sin apartarme la mirada- .

***


II


Intuía que ninguno de los miembros de la familia Gil y Campoamor habrían dicho ni una sola palabra de todo aquello. Sospechas que, irremediablemente, caerían sobre sus cabezas como balas de cañón. No iban a ser ellos quienes se disparasen a sí mismos. Ahora, en los ojos de la Agente Figueroa, mi intuición se hizo certera, una indiscutible realidad. Mi declaración sería la clave para cerrar el caso del asesinato de mi hermanastro.

- ¿Quieres un refresco? ¿Un bocadillo, Lucía? - Su mirada era amable, pude ver cierto brillo de adulación en sus ojos. Quería saber más. Ansiaba saberlo todo -.

- Cola light y bocadillo de bacon con queso. Por favor. Gracias.

Un ratito después, entre sorbo, bocado y sorbo. Continué por donde lo había dejado.

Ricardo Gil, hermano de Alejandro y su mujer, Anselma. Padres de los gemelos, Samuel y Fede. Los cuatro, sentados a la mesa.

Magdalena acababa de decir que ellos sí que tenían verdaderos motivos para acabar con la vida de Jonathan.

Las miradas del resto de miembros de la familia se anclaron en ellos dos. Esperábamos una explicación, una defensa a tal acusación. Lo que fuera que disipara nuestras ansias de saber. ¿Que había hecho Jonathan esta vez?

Samuel y Fede se miraban el uno al otro. Parecían espejo y reflejo de asombro e incredulidad.

Pancho me lamía la palma de una mano.

Ricardo empezó a hablar.

- No es ningún secreto para esta familia, la terrible adicción a la que estuvo sometido Jonathan, durante varios años. Tuvo serios problemas en el instituto, llegó a los oídos de algunos de sus compañeros, la muerte de su madre en el parto. Fueron crueles, algunos se burlaban del pobre muchacho, ¡Pequeños cabrones! Herir así a alguien, metiéndole el dedo en la llaga de esa horrible manera. Tuvo varias peleas y para postre, aquel chico rubio. Ese mal nacido lo acabó de hundir. Todo esto salió un día como hoy. En una de nuestras cenas conmemorativas por la ausencia de nuestra amada Sofía.

Santiago, el abuelo de Jonathan y Julia y padre de Sofía, intervino.

- Ese cabrón se llamaba Francisco. Le llamaban Francis. Hijo de puta, hijo de puta.

- Vale padre, vale. Cálmese. - Le sugirió Alejandro, palmeándole suavemente en la espalda -.

Dolores, la abuela de mis hermanastros y madre de Sofía acabó de tranquilizar a su octogenario marido. Le acercó la bombona de oxígeno y le puso la mascarilla.

Ricardo continuó tras aquella breve y brusca interrupción.

- Sí abuelo, se llamaba Francis. El chico le dio una tremenda paliza a nuestro pequeño Jonhy.

- ¡Esta bien Richard! - Vociferó, Alejandro - ¡Déjate de rodeos! ¿Que ocurrió con mi hijo, para que Magdalena haya dicho que tenías motivos suficientes para acabar con su vida?

- ¡Ningún motivo para matarle! ¡Es que estáis todos locos! Jamás debí explicarle a Magdalena lo que pasó aquel día. Está bien, ahora lo sabréis, pero aquello no fue motivo para hacer nada grave al respecto. Lo que se debía hacer ya se hizo entonces.

Ricardo bebió un vaso de agua.

La agente Figueroa le dio un sorbo a su café.

- ¡Maldición, esta helado! - Exclamó-.

Yo le di un trago a mi cola light y proseguí.

- Tu hijo, acompañado por mis hijos, Fede y Samuel. Fueron a buscar heroína al barrio de la mina. Allí atacaron a mis hijos, les robaron y les patearon el trasero. Pero lo peor vino luego. Mi Samuel se inyectó aquella mierda con la misma aguja que Jonhy. Fuimos a urgencias aquella misma noche. Todo quedó ahí. Una bronca a vuestro chico, otra a nuestros hijos y nada parecido volvió a ocurrir en nuestra casa. Se lo conté a Magdalena, no debí hacerlo.

- ¿Se lo contaste a mi mujer? ¿Porque a ella? - Preguntó Agustín -.

- Fue en una cena como esta. Desde que murió Sofia, nosotros ya no nos encontramos por Navidad, ni por el cumpleaños de nuestros chicos. Solo nos vemos una vez al año, por la misma razón que hoy estamos aquí reunidos. Fue hace mucho tiempo. Estaba descolocado, tu mujer me vio preocupado, preguntó y yo le expliqué.

Parecía que Agustín sospechaba que había algo más entre su mujer y Ricardo. De hecho, a todos nos pareció atropellada aquella explicación, como si escondiera algo tras aquellas palabras.

Hasta un rato más tarde, no volvió a salir el tema.

Así que, por un lado, teníamos a Agustín y a Magdalena y los ataques a su hija Cristina. Por otra parte estaban Ricardo y Anselma y el conflicto con la heroína que se inyectó Samuel. Nos habíamos enterado todos de que algunos compañeros le hicieron la vida imposible a Jonathan en el instituto. En especial un tal Francis, al que recordaba bien el abuelo.

Alejandro se levantó entonces y dijo que aquello era una estupidez, que era mala idea que intentáramos buscar un culpable, que a fin de cuentas, tal vez fue Jonathan quien había tirado la jeringuilla a la basura de la cocina y que luego había subido a su habitación, donde murió por la sobredosis. Se disculpó con su hermano y sus cuñados, con el resto de miembros de la familia. Concluyó diciéndonos que la idea de que había sido uno de nosotros y que aquel debía confesar, fue fruto de un arrebato, por la rabia, la pena y la impotencia que sintió al ver a su pobre hijo muerto. El mismo día que murió su mujer veintitrés años atrás.

Se levantó decidido a coger el teléfono para llamar a una ambulancia, cuando, en ese momento, alguien le gritó a sus espaldas.

- ¡Has sido tu, cerdo miserable! ¡Tu has matado a tu hijo!

En pie de guerra, Dolores, la madre de Sofía, lo apuntaba con su incriminador dedo índice.

- ¡Tu has matado a mi pobre nieto! - Dolores cayó de rodillas, se tapó el rostro con ambas manos y empezó a llorar y a gemir como una chiquilla-.

***


III


- Todo esto mientras el cuerpo de tu hermanastro restaba inerte en su cama. Acababa de morir y vosotros os acusabais los unos a los otros. Sin llamar a la policía, sin llamar a la ambulancia para que fueran a recoger el cuerpo. Ni a un médico para que certificara su muerte ...

La agente Figueroa, alterada, me soltó un sermón. De sano juicio, la verdad.

- ¡Ese chico, tu hermano, estaba ahí, muerto! ¿Nadie lo lloraba, ni hacía nada al respecto?

- Si que lloraban. Pataleaban, maldecían, gemían y moqueaban. Pero habíamos tomado la decisión de que el culpable confesara antes de hacer nada. Por cierto, Jonathan no era mi hermano.

- Pero, ¿Y si no fue nadie? Según las declaraciones del resto de miembros de la familia Gil y Campoamor, la muerte de Jonathan es un claro caso de suicidio. Al menos hasta ahora. Celebrasteis su funeral anteayer. Esto es solo otra testificación rutinaria para cerrar el caso. ¿Salió algo a la luz? ¿Un culpable al que ocultáis? ¡Por dios Lucía! ¿Es que nadie va a decir la verdad sobre lo que realmente sucedió?

- Hoy, aquí, se está diciendo la verdad. Tranquila, todo a su debido tiempo. ¿Puedo proseguir?

- Tengo todo el día. Continúa, por favor.

- La ambulancia y el médico llegaron antes de lo esperado. Tu llegaste antes de lo esperado. Pero primero, Alejandro tuvo que dar explicaciones a la acusación que le acababa de propinar su ex-suegra.

Dolores, arrodillada. Lloraba y gemía como una niña de tres años. Acababa de señalar a Alejandro como el culpable de la muerte de su propio hijo.

- ¿Yo, matar a mi Johny? ¿Pero que cojones?

La abuela se levantó ayudada por Agustín, manos grandes y Ricardo. Cada uno la agarró por un sobaco y la auparon.

Secó sus lágrimas y limpió sus mocos con un pañuelo de tela que sacó de uno de sus bolsillos del pantalón. Se disculpó entre dientes. Luego, sus ojos se encendieron con el rojo infierno del fuego y volvió a señalar a Alejandro.

- Él siempre pensó que Francis había vuelto con Julia. Pero no era con él con quien se acostaba. No era ese chico rubio su amante secreto. ¡Eras tú! ¡Cerdo miserable!

Bueno. Se armó el San Cristo.

Dolores acabó de explicarse. Resulta que la paliza que le había dado ese tal Francis a mi hermanastro fue debida a que ese chico era el ex-novio de la nueva pareja de Jonhy. Cosas de celos y traiciones entre amigos. Ellos dos, antes de aquello, habían sido como hermanos. Luego, Julia confesó que estaba con otro hombre. Jonathan cayó en depresión.

Pensaba que su amada había vuelto con Francis. Pero no fue así. Ese hombre era su propio padre. Dolores los pilló in fraganti, sin que ambos se dieran cuenta.

Desde que Sofía murió y antes de que Alejandro se volviera a enamorar y a juntar con alguien, osea con mi madre. Dolores iba a menudo a casa de sus nietos para ayudar con las tareas del hogar y cuidar de ellos. Diecisiete años tenía Jonhy cuando ocurrió aquel triangulo de amores y desamores entre él, su amigo Francis y Julia.  Aquel triangulo se tornó cuadrado con la intervención del cerdo de Alejandro. Un padre de cuarenta y largos follándose a la novia de su hijo. En la habitación de su fallecida madre, terrible.

Entonces, oímos a la ambulancia llegar y detenerse frente a la puerta de la casa. Alguien había llamado mientras los demás escuchábamos atentos la lujuriosa historia de la abuela.

Pancho escondió su hocico bajo mi brazo.

Una doctora confirmo la muerte de Jonathan. Muerte por sobredosis, nos dijo.

- Sobredosis. - Reafirmó, Alejandro- .

La mirada de Dolores albergaba rabia e inquisición sobre su yerno.

Los técnicos de enfermería y la doctora nos hicieron esperar fuera de la habitación. Mientras preparaban la camilla para trasladar el cuerpo.

Antes de que entraran a recoger el cadáver, yo aún estaba allí con él. Fui la última en salir de la habitación. Besé su frente y le susurré al oído...

- Nunca olvidaré lo nuestro, sé feliz.

Entonces vi que su mano izquierda tenía un dedo tieso, apuntando hacia algún lugar, hacia su escritorio, hacia un cajón del escritorio. Seguí la linea que iba desde la punta de su dedo a la mesa. Abrí el cajón y hallé un sobre cerrado con dos palabras escritas en el exterior.

"La Verdad"

¿Que verdad? ¿Como, cuando y porque había escrito aquello? ¿Antes de suicidarse, antes de que lo asesinaran? Tal vez aquello no significara ni aclarase nada. Pero guardé aquella carta en el bolsillo de mi pantalón.

Sacaron a Jonhy de su habitación. Tapado completamente por una gran sabana blanca. Parecía un fantasma. Era un fantasma.

La agente Figueroa se preparó otro café.

***


IV

Todos estábamos en la puerta de la casa viendo como se alejaba la ambulancia. La policía científica estaba ahora en la habitación de Jonathan y la agente Figueroa plantada ante nosotros. Con ese cabello rubio platino y despeinado. Con su bloc de notas y su pluma dorada.

- ¿Recuerdas aquellos rostros empalidecidos? ¿Las lágrimas en los ojos de cada uno de los miembros de la familia Gil y Campoamor? La mayoría de ellos mostraban emociones sinceras.

- ¿Y esa carta? ¿Como puedo confiar en ti, si me ocultaste eso? ¿Que ponía en esa carta, Lucía? ¿Mantuviste una relación sentimental con tu hermanastro?

Figueroa me hacía demasiadas preguntas. A la última, me negué a contestar.

La carta no la llegué a leer hasta mucho después. Fue la clave para entenderlo todo.

En cuanto el coche de la policía científica desapareció y tras él, el de la agente Figueroa. Agustín le arreó un soberano puñetazo en la nariz a Ricardo. Acto seguido, Magdalena, no su propia mujer, Anselma, si no Magdalena, fue a su lado a consolarlo y a limpiar la sangre que le goteaba de sus fosas nasales. Luego, lo abrazó.

Esa fue la siguiente vez que salió el tema de una infidelidad que todos sospechábamos. Incluso antes de aquella noche. Sin palabras. Un golpe y un abrazo fueron la afirmación gráfica de lo que allí había pasado entre ellos.

Entramos de nuevo en casa. Alejandro se puso en pie frente al resto de nosotros. Miró hacia el suelo. Suspiró y alzó la cabeza. Su mirada denotaba culpabilidad.

- Yo maté a mi hijo.

La agente Figueroa estaba a punto de terminarse su segundo café pero no llegó a hacerlo. Al oir eso, apartó la taza de sus labios y abrió los ojos como dos crisantemos.

- Tu padrastro. ¿Confesó? Dilo claro, Lucía. Debo detenerlo ahora mismo si fue así.

- No. Dijo que había sido él solo porque se sentía culpable. Culpable de que su hijo se inyectara aquella sobredosis. Culpable de que su pequeño cayera en el mundo de la droga.

Claro que pensamos que Alejandro se estaba declarando culpable del asesinato de su hijo. Pero entonces, rompió a llorar y habló. Estaba arrepentido de lo que ocurrió con Julia. Aquella chica. La ex-novia de Jonathan.

Llegó el día del entierro.

Pancho se sentó a mi lado.

En el momento en el que el cura dijo aquello de... "Si alguien quiere añadir unas palabras en recuerdo del joven difunto"...

Alejandro habló de su hijo. De lo mucho que lo quería y  de que sentía haber sido un mal padre y hacer cosas que nunca debió hacer. Magdalena y Ricardo hablaron. Todo eran buenas palabras sobre el pequeño Jonhy. No mencionaron nada sobre su adicción. Sobre los problemas ocurridos con sus respectivos hijos. Fueron todo palabras cariñosas y de despedida.

Subí a decir mi último adiós.

- Os leeré algo que escribió Jonathan el día de su muerte - Dije ante todos los expectantes miembros y allegados a la familia Gil y Campoamor- . En recuerdo de mi querido hermanastro y en honor a su fallecida madre, Sofía.

Saqué la carta del bolsillo de mi chaquetón negro. No la había leído antes de aquel momento y tampoco lo hice entonces.

Santiago se levantó de su silla. Dolores le acercó la mascarilla y este le apartó el brazo de un manotazo. Cayó estrepitosamente al suelo a causa de un infarto.

Todos fueron a socorrerle, todos menos yo.

Así acabó el funeral.

Esta mañana, en la que escribo el final de mi novela. Santiago murió en el Hospital St. Lorens, en el que llebava tres meses ingresado. Muy grave.

- ¿Que ponía en esa carta?

- Aquí la tiene, agente Figueroa. Yo ya me lo imagino, averigüémoslo juntas. Aún está cerrada.

- ¿Como has podido esperar hasta hoy sin leerla?

- Es la guinda del pastel. Tras explicar todo lo que ocurrió aquella noche. En aquella maldita casa. En la cena conmemorativa por Sofía. Hoy, aquí, se sabrá la verdad.

"Los ataques y abusos a Cristina fueron horribles, él nos amenazó. A ella para que mintiera, a mi para que acarreara con la culpa..."

La vida de Jonathan siempre fue un infierno. Los problemas con sus tíos, sus primos y sus amigos. Su terrible adicción.

La jeringuilla que acabó con la vida de Jonathan portaba una sobredosis de terror.

Su abuelo la sostenía en sus manos, "Toma pequeño -le dijo- ya puedes dormir tranquilo". Luego la arrojó a la papelera y el pequeño alambre de una valla lo desencadenó todo. El azar así lo quiso.

La carta empezaba así...

"Querida familia está carta hablará por mi, no lo soporto más, debéis saber quién es él en realidad. Ayer llamé al abuelo por teléfono y le dije que hoy todos sabríais la verdad..."

Jonathan llevaba dos años limpio. Un nuevo amor despertó en él las ganas de vivir. Quiso quitarse aquel horrible peso de encima y hallar la felicidad. Espero que mi susurro llegara hasta él y que allí donde esté, sea feliz.





Fin

jueves, 7 de mayo de 2015

Reseña de la Novela "El Esclavo" de Ricardo Zamorano Valverde

Ante todo, en esta reseña, quiero aclarar qué, aún siendo un compañero el autor de esta obra y un buen amigo en la red, voy a ser sincero y objetivo.

Dejo claro que no soy un experto en críticas de arte escrito (de hecho de ningún tipo de arte, es más... No soy un experto en nada) , así qué, lo aquí expuesto, es una mera valoración personal.

Dicho lo dicho, doy lugar a la reseña de "El Esclavo", primera novela escrita por Ricardo Zamorano Valverde, a la temprana edad de dieciséis años.

"Sin spoilers que afecten a su lectura"

Premisa del Argumento "Fragmento extraído de la Contraportada del Libro":

Rodrigo, un campesino de la Edad Media, debe hacer un viaje a Roma para vender productos de su cosecha, sin embargo, lo que parecía iba a ser un viaje tranquilo se convierte en un infierno...

Valoración personal de la Novela:

De entrada, la presentación del protagonista, sus allegados y entorno me han parecido muy bien descritos, creando un punto de partida en el que el lector/a podrá empatizar rápidamente con los personajes principales para seguir sus odiseas con suma atención e intensidad narrativa, es una novela corta, de 73 páginas, con lo qué, y es de agradecer, la cosa se pone en marcha en seguida. No deberemos esperar demasiado ni sucumbir ante eternas descripciones y triviales situaciones para llegar al clímax de la historia, si no todo lo contrario, al poco de empezar la lectura nos veremos sumergidos en situaciones claves para entregarnos acto seguido a la trama principal y conocer de cerca a sus protagonistas y personajes secundarios, todos de vital importancia en la resolución de los acontecimientos.

Esta pequeña gran obra de puro entretenimiento, acción con cabal premisa y momentos de extraordinario gozo, nos obsequiará con giros inesperados y diferentes perspectivas del cuadro, serán estas últimas y los vínculos sentimentales de quienes las lleven a cabo, las que creen, desde bien iniciada la novela, un alma inquebrantable que irá en crescendo hasta el logrado, sentido y perfectamente facturado, desenlace. Un texto que se torna adictivo desde su primera página.

Así pues, solo me queda añadir, que es una lectura 100% recomendable, un texto ameno y fácil de leer que nos provocará gran intriga y una constante tensión, totalmente disfrutable. Por obra y entonada ilusión de un escritor que consigue plasmar un texto que denota una previa estructuración y esquematización de sus partes, creando un todo realmente satisfactorio. Una novela llevada a cabo con inusual maestría, para la joven edad de su autor.

Gracias a Ricardo Zamorano Valverde por crear tan rica obra de la que podemos disfrutar todos.

"El Esclavo" Ediciones Andantes, disponible en Amazon y por demanda en Librerías.

Una estupenda lectura, una pequeña gran novela de un gran escritor y Amigo de Letras.

Portada de la Novela "El Esclavo"
Fotografía de: Ricardo Zamorano Valverde


domingo, 3 de mayo de 2015

El Eco

- Estira tus brazos, Carmina.

Claudia agarró las muñecas de su paciente e inició la terapia.

- Dí, me llamo Isabel.

- Me llamo Isabel.

Acercó las manos de Carmina y las puntas de sus pulgares distaron de encontrarse parejos.

Claudia prosiguió.

- Dí, me llamo Carmina.

- Me llamo Carmina.

Esta vez, al juntar las manos, sus pulgares coincidieron.

- De acuerdo Carmina, esto marcha bien. Ahora repite conmigo. Temo el bosque.

- Temo el bosque. - Repitió la paciente -.

Sus pulgares no coincidieron.

- Temo el frío del bosque.

- Temo el frío del bosque.

Las puntas de sus pulgares no coincidieron.

- Temo los sonidos del bosque...

La luna menguante, como una uña clavada en el cielo, el nocturno manto sobre las copas arboladas, los troncos delgados, anchos, retorcidos. El sendero empedrado, el riachuelo de incesante murmullo. La soledad, el frío y el crujido de las ramas y hojas secas bajo sus pies.

Llevaba seis horas perdida en la inmensidad del bosque.

Una presencia sintió, la niña, tras de sí. Una mano se posó sobre su hombro.

- Tranquila mi vida, no temas.

La mujer abrazó a la pequeña y estuvo con ella hasta que aparecieron sus padres, desesperados, por fin, lograron encontrar a su hija.

Carmina regresó a la sala.

- Temo los sonidos del bosque.

Sus pulgares coincidieron.

- Puedes decirme que ha ocurrido - Le preguntó Claudia -.

- Me he visto, tenía seis años, estaba muy asustada y me abracé, me protegí y los sonidos del bosque dejaron de atemorizar mi alma.

A Carmina le encantaba pasear por el bosque, pero al mínimo crujido de ramas y hojas secas, su cuerpo se paralizaba, se le aceleraba el corazón y su respiración se entrecortaba, le provocaban sudores fríos y su tensión se disparaba.

Ahora, cuando paseaba entre la naturaleza y sus pies pisaban algo que provocara aquel sonido que antaño la perturbó, sentía el calor de un abrazo, de alguien tan cercano como ella misma, el temor no se hacia presente, podía continuar su agradable camino, con tranquilidad y llena de paz.


Fin

"Este microrrelato está inspirado en hechos reales. La terapia es una biodescodificación a través de la kinesiología con meditación profunda"

Gracias, mami.


viernes, 1 de mayo de 2015

Un Paseo en Bicicleta

Con las deportivas ancladas en los pedales con sujeción, el trasero pegado al sillín y ambas manos aferradas al manillar, Ramón pedaleaba cuesta arriba.

Al alcanzar la cima de la pendiente, el ciclista se detuvo por un instante, posó un pie sobre el terreno, se recolocó el casco de media cáscara de nuez y limpió con afán el cristal oscuro de sus gafas con el maillot, lucía un gran diez reflectante en el dorso.

Vislumbró el blanquecino borde del horizonte, bañado por la neblina en el amanecer de su destino y ahondó los pensamientos en su origen, con una respiración profunda y regresiva.

A la voz de "Ahí vamos", se dejó caer por el descendiente sendero con total desenfreno.

A sus noventa y ocho años, Ramón había decidido marchar a su manera.

El viento de poniente y la velocidad en crescendo borraban las arrugas del rostro de Ramón, separó sus piernas y las estiró a ambos lados de la rueda delantera y dirigió las puntas de los pies hacia su cuerpo, abandonó el manillar, alzó sus brazos y los batió como protuberancias aladas de su tronco, el equilibrio era impresionante, su vehículo rodante bajaba a la máxima velocidad que le permitía la realidad, sin temblor alguno, justo antes de franquear el muro de la prisión terrenal y alzarse en vuelo unidireccional hacia el exterior.

El sol se alegró de encontrarse cara a cara con Ramón, su fuerte torso desnudo, sus jóvenes pulmones inflados por el oxigeno puro, más allá de las montañas y los caminos recorridos, allí abajo, en la tierra, su mudado hogar.

Como ave migratoria, desconchando las nubes, Ramón llegó al séptimo cielo con su pequeña bicicleta azul, a las puertas de su casa, el niño aparcó a Ayo Silver en la entrada y entró sin llamar.

De nuevo junto a su madre, justo antes de despedirse e irse a trabajar, a una edad muy temprana, cuando es tiempo de estudio y recreo.

Ya en el interior del útero de la joven Isabel, Ramón se sentía abrigado por el calor de una bella canción.

"Duerme mi niño, mi pequeño bebé, pronto te veré y te besaré"

Su marcha continuó por aquel sendereo descendiente con total desenfreno, la velocidad y el viento de poniente borraban las arrugas, el cuerpo y los pensamientos del ciclista, hasta alcanzar aquel horizonte del amanecer de su destino.

Su alma observaba, desde algún lugar inconcreto, no lograba recordar su origen ni su identidad, poco antes de nacer, decidido a regresar a su manera, a la voz de "Ahí vamos".


Fin