Proyecto Fobia "Capítulo 8" Buenas Noticias

Noviembre de 1988

- Observa atentamente el péndulo. El vaivén calma tu abatido cuerpo, libera tu mente y apacigua tu alma. Respira profundamente, tus párpados pesan, se apodera de ti una extrema relajación. Déjate guiar por mi voz.

Realmente era fácil para el Dr. Remprelt inducir una profunda hipnosis en sus pacientes. Había pulido con maestría su arte para crear todo un microcosmos en las frágiles mentes de sus elegidos, y disfrutaba terriblemente con ello.

- No estás despierto, tampoco duermes, estás en una habitación luminosa, tus párpados están cerrados, mas tus ojos internos permanecen abiertos. Admira tu alrededor, siente la vibración del espacio en el que te encuentras. Siente tu cuerpo, puedes moverte. Da unos pasos a tu izquierda, levanta el brazo derecho, abre la palma de tu mano y acaricia la pared. Está fría, el tacto es suave.

Con total pleitesía, Samus acataba los dictámenes de la voz que guiaba cada uno de sus actos, en aquella ficticia estancia en la que se encontraba. Experimentaba cada sensación en su neocórtex como si de la más pura realidad se tratase.

- Dibujas en esa helada pared, con tu dedo índice, un enorme cuadrado. Tan grande que podrías atravesarlo con facilidad. Es una ventana. Corre las cortinas y deja que los rayos del sol entren en la habitación. La temperatura ahora es agradable. Puedes observar el gran cielo azul, un par de nubes blancas, muy hermosas. Oyes el canto de los pájaros ahí fuera. Eres libre, puedes volar, tienes permiso para salir por esa ventana y regresar a casa.

Samus empezó a convulsionar de manera estrepitosa, al otro lado de la vivida y sentida imaginación hipnótica. Su frente empezaba a emanar un sudor frío que cubría su tenso rostro.

* * *

Stan despertó fresco como una rosa, no estaba nervioso, se sentía esperanzado en su labor, seguro de sí mismo. Aquella larga siesta le había sentado a las mil maravillas.

Ya en el centro Clarkson se encontró con August, éste lo llevó a la lavandería donde le entregaron un uniforme de su talla. En el vestuario se enfundó la camisa gris y los pantalones a juego. Se admiró en el espejo y, más que nunca, se sintió completamente metido en su papel. Estaba en su semana de prueba, pero ya sentía que había logrado dar el primer paso con total éxito.

Remprelt condujo a Stan a la novena planta. En el interior del ascensor, un hilo musical estimulaba a los pasajeros con una delicia liviana de Mozart.

Atravesaron ambos un estrecho pasillo con una decena de puertas cerradas y numeradas, con pequeñas escotillas de cristal, hasta llegar a una mesa donde, al otro lado, sentado y atento, se encontraba el guardia de seguridad de aquella planta.

- Stan, te presento a Paul Coleman, vigilante de la novena planta. Paul, éste es Stan, hoy empieza su semana de prueba en la segunda, ayúdale en cualquier duda o cuestión que se le presente con referencia a su trabajo.

De camino al quinto piso, el Dr. Remprelt le habló a Stan un poco más sobre su nuevo compañero.

- Paul es el más veterano de los celadores nocturnos del centro, será amable contigo en cualquier cosa que necesites, pero recuerda esto, chico; bajo ninguna circunstancia le preguntes por su familia, créeme, a Coleman no le gusta hablar sobre sus asuntos privados.

Stan ya había sido presentado a Paul, guardia de la novena planta, al joven Saul Brooks, del quinto nivel, y a Thomas Hill, de la entrada principal. Una vez que, August, llevó a Stan a la segunda planta, y le mostró su mesa, éste se sentó en su silla, se despidió de su nuevo jefe, y permaneció atento al largo pasillo, a cada una de las puertas cerradas que debía vigilar durante toda la larga noche.

Stan daba vueltas a su cabeza... ¿Cómo lograría bajar al sótano? Pronto obtuvo una ligera idea de cómo lograrlo, pero antes debería conocer mejor a sus compañeros de trabajo para conseguir tal menester.

* * *

El doctor August Remprelt no había quedado complacido por la escueta información propinada por su viejo amigo, Dean, sobre su nuevo empleado a prueba. Pero aun así permitió que éste tuviera una oportunidad, dándole trabajo en su sagrado centro psiquiátrico.

Por otra parte, Dean, no escatimaba en tiempo y dedicación, para lograr desenmarañar la red que separaban, los pocos detalles sobre su posible chivo expiatorio, de su desconocido pasado.

Con gran esfuerzo, por fin, Dean Petrelli frotaba orgulloso, entre sus morcillones dedos, su estrella de sheriff del condado.

Había encontrado una brecha por donde asomar el ojo avizor, y así lograr algo más de información sobre Stanley Farrell. En su cuenta bancaria halló una serie de movimientos que se repetían en los últimos dos años. Un ingreso mensual a un número de cuenta extranjero. Ahora sólo debía encontrar a quién iba dirigida esa pequeña suma de dinero. Presentía que aquel viaje a Canadá daría su fruto, y que al fin encontraría, si es que había algo turbio en todo aquello, un salto en su investigación sobre la persona que se había unido al equipo del Clarkson.

* * *

En diciembre de 1983, en el estado de Kansas, el asesinato de Margarett Flint y sus dos hijas, Laura y May, conmocionó a todos los habitantes del condado de Osborne. El sheriff, un rollizo y ferviente luchador de la causa justa, llamado Dean Petrinelli, logró detener a Samus Flint, marido y padre de las víctimas. El caso llevado al juzgado de Osborne, el diecisiete de Septiembre de 1984, declaró a Samus culpable del triple asesinato, no sin rebajarle la condena de pena de muerte a cadena perpetua, en la prisión del municipio de Bloom, por el logro de su abogado, Saul Cross, quien presentó a su cliente con una diagnosticada enajenación mental.

No tardó en llegar dicha información a oídos del máximo representante del centro priquiátrico, Clarkson, quien batalló con éxito por la inserción de Flint en su experimental terapia de "reinserción social".

* * *

- Respira profundamente, Samus. Eres libre. Tu mujer y tus hijas aún viven. Hoy todo serán... Buenas noticias.



Continuará...


Para leer el capítulo 7, escrito por Ricardo Zamorano Valverde, pincha AQUÍ

Para leer el capítulo 6, escrito por José Carlos García, pincha AQUÍ



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