Todos Menos Yo

Prólogo "Declaración de Intenciones"

Realizaba mi parte de las faenas del hogar como un niño al que le mandan acabar los deberes de invierno, antes de poder ir a jugar con los juguetes que le hubieran traído Papá Noel o los Reyes Magos. En cuanto al tiempo, seguía sintiéndome como esos niños que tienen un día para divertirse, antes de empezar el segundo trimestre. En mi caso las prisas por acabar de fregar los platos, barrer la casa, tirar la basura o ir a sacar a Pancho, el perro de la familia, eran para sumergirme en mi blog de escritura. Tampoco disponía de demasiado tiempo para desconectar del mundo real. Después de acabar los deberes, acabar ese maldito trabajo de ciencias o estudiar para algún examen, tocaba cenar, ponerse el pijama y lavarse los dientes. Si a todo esto le sumas que debo acostarme temprano porque lo paso fatal si duermo menos de nueve horas y cada día debo madrugar para ir al instituto, como resultado te da que mi vida es un estrés. Un continuo sin fin de quehaceres insufribles.

Tengo dieciséis años, me llamo Lucía, Lucía Serrano y quiero ser novelista de suspense. Tengo un blog titulado "Freak Blog Girl". Es muy friki. Contiene muchas referencias a series y películas que me han marcado. Mis cuentos son de misterio, de miedo, de ciencia ficción... Pero lo que quiero es escribir un libro. Uno de esos que lea mogollón de peña y al acabarlo digan... ¡Ostias, que guapo! ¡Que final! ¡No me lo esperaba para nada! Como el final del Sexto Sentido, Sospechosos Habituales o algo así.

Esta es la introducción de mi novela. La voy a empezar ahora. Tengo la historia, los personajes y el final sorpresa. Trata del asesinato de mi hermanastro. Es una historia real que he vivido en primera persona. Cambiaré los nombres de los personajes. No mencionaré los verdaderos nombres ni apellidos. No quiero que nadie se enfade.

Sucedió hace tan solo tres meses. Yo estaba allí.

Tuve que declarar ante una agente de policía. Mientras le explicaba todo lo que ocurrió aquella noche, en esa cena, me di cuenta de que tenía los ingredientes precisos para escribir mi anhelada novela de misterio. He acabado el curso. Comienzan las vacaciones de verano. Dispongo de todo el tiempo del mundo para sumergirme en mi blog y escribir.

***

Todos Menos Yo
Por Lucía Serrano


I


La agente Figueroa, alta y rubia platino, sostenía una taza de caliente y humeante café recién hecho. Clavó su mirada en mis ojos y me dijo pausadamente, como haciéndose la interesante...

- Dime niña, ¿Que ocurrió, según tu, aquella noche? - Dio un sorbito al café- .

Entonces le expliqué todo. Sabía que mi declaración iba a ser la mejor de todas. Yo era la última en pasar por la sala de interrogatorios, claro, tan solo era la hija de la madrastra, solamente llevaba tres años acudiendo a la cena. Cada 24 de Marzo se reunían la familia Gil y Campoamor, de manera honorífica, por la muerte de Sofía Campoamor, la madre de Jonathan y Julia, allá por 1992.

Creo que tenía 29 años cuando murió al dar a luz a su hijo.

Me mandaron ir a tirar la basura y fue el azar el que lo desencadenó todo. La bolsa se me quedó enganchada en una punta de alambre de la valla del jardín. Recuerdo a mi madre decirle a mi padrastro que tenía que arreglarla o alguien se lastimaría con ella.

La basura se desparramó por el suelo, estaba flipando, entonces vi entre aquella porquería, que no pensaba recoger con las manos, una jeringuilla con sangre, tope de asquerosa, cogí una servilleta de papel que no estaba demasiado sucia y con ella agarré aquella aguja y la entré a casa.

Solo entrar me di cuenta de que algo malo había pasado. Alejandro Gil, mi padrastro, sostenía el teléfono e iba a marcar un número. Le estiré de la camisa, me miró y vió la jeringuilla que sostenía en mi mano. La observó paralizado.

- Mira que había en la basura, es como esas que usan los yonkis.

Alejandro colgó el teléfono y ordenó a la familia que se reunieran en el comedor y se sentaran en la mesa. Presentía que algo había sucedido, lo veía en sus rostros. Pero para nada me esperaba lo que dijo mi padrastro.

Nos miró fijamente y gritó enfurecido.

- ¡Alguien de vosotros ha matado a mi hijo!

La agente Figueroa dejó la taza sobre la mesa, puso sus manos como si fuera a rezar.

- ¿Como dices, Lucía?

- Pues eso, que gritó que alguien de nosotros había matado a su hijo.

Resulta que Jonathan no bajaba a cenar. Lo fueron a buscar. Creo que fue su hermana Julia, lo encontró así, tumbado en la cama, muerto, de sobredosis. Él había estado enganchado a la heroína, pero según pensábamos todos, se había quitado. Llevaba dos años limpio y se sentía mejor.

Pero al encontrar la jeringuilla, su padre dijo que no era posible, que la basura estaba en la cocina y que su hijo había muerto en su habitación, en la planta de arriba. Dedujo que no podía haber bajado a tirarla. Alguien le había inyectado la sobredosis y luego se había desecho de la aguja. Nos dijo que su hijo no hubiera hecho eso y mucho menos aquel día, en el aniversario del fallecimiento de su madre.

La verdad es que el resto parecimos estar de acuerdo con Alejandro. Entonces decidimos, antes de llamar al hospital para que mandaran una ambulancia, o a la policía para denunciar el asesinato, decidimos que el culpable debía confesar. Teníamos que solucionar aquello antes de que nadie más se enterara de lo que allí había sucedido.

Mi madre, lloraba. Dolores Campoamor, la abuela de Jonathan, lloraba. Julia, lloraba. El resto se miraban las palmas de las manos, pálidos. Habían mocos colgando, hipos, sutiles gemidos. Nadie decía nada, pero había un incesante murmullo de sollozos y sonidos molestos. Yo los observaba a todos, atónita, con los ojos bien abiertos. Alejandro golpeó bruscamente con el puño cerrado sobre la mesa, de un sobresalto clavamos nuestras miradas en él.

- ¿Has sido tu Agustín, te has vengado de lo que le hizo a tu hija?

Agustín, el cuñado de Alejandro, sentado junto a su mujer, Magdalena Campoamor, hermana de Sofía. Al lado, su hija, Cristina, prima de Jonathan y Julia. Mi primastra, si es que eso existe.

- ¿Pero que cojones dices? - Le respondió Agustín -.

- ¿Pero Alejandro, como se te ocurre? - Intervino Magdalena- .

- ¿Vengarse de lo que me hizo? - Añadió Cristina -.

Aquello era un desmadre. Yo me preguntaba y seguro que también, el resto de los que allí restábamos pasmados, ¿Que demonios le había hecho Jonathan a su prima para que sus padres quisieran acabar con su vida? Pues bien... Pronto lo averiguamos.

Pancho olisqueaba mis pies.

Alejandro mencionó algo de unos ataques por parte de su hijo a su prima. Al final fue Magdalena quien detalló lo sucedido... Tiempo atrás, cuando Jonathan y Cristina tan solo eran unos críos.

Jonathan y Julia veraneaban en casa de sus tíos, en un apartamento cerca de la playa. Cristina llegó un día a su hogar con un ojo morado. Les contó a sus padres que su primo le había arreado un buen puñetazo.

Jonathan no lo desmintió. Se llevó una buena zurra, propina de su tío, Agustín, manos grandes.

Magdalena y su marido acabaron peleados con Alejandro durante un tiempo. Pero aquello no fue todo. Al año siguiente, volvieron a ir a veranear, por última vez, a la casa de la playa de sus tíos.

Esta vez, Cristina volvió a casa con una marca en el cuello, como si alguien hubiera intentado estrangularla...

¡Aquello fue tremendo! Cuando dijo esto Magdalena, la familia enmudeció y nos miramos los unos a los otros, con cara de espanto. Agustín tapaba los oídos de Cristina, como si no quisiera que escuchara aquello. Para que no rememorara aquel angustioso día.

- Mi pobre niña, ¡Sangraba por ahí, sus braguitas, no llevaba sus braguitas! - Rompió a llorar a moco tendido-.

Nadie dijo, por eso, que hubiera sido Jonathan, el culpable de aquella atrocidad. Pero jamás volvieron, ni él ni su hermana Julia, a veranear en aquella casa.

Los años pasaron y aquello quedó en el olvido. No hubieron señales de violación, pero alguien le había provocado mucho dolor a Cristina. Aquel horrible día de verano.

- ¡Yo no he vengado a nadie! - Gritó Agustín a su cuñado- ¡Ni siquiera estábamos seguros de que aquello hubiera sido culpa suya!

- ¡Si que lo pensasteis! -Contestó Alejandro-.

Magdalena intervino.

- ¡Sí, no solo lo pensamos. Siempre supimos que fue Jonathan. Pero nosotros no tenemos nada que ver con su muerte! ¡Ricardo y Anselma, ellos si tenían verdaderos motivos para hacerlo! - Acabó por Sentenciar -.

La agente Figueroa dio un enorme trago a su taza de café.

- ¡Madre de Dios! - Masculló sin apartarme la mirada- .

***


II


Intuía que ninguno de los miembros de la familia Gil y Campoamor habrían dicho ni una sola palabra de todo aquello. Sospechas que, irremediablemente, caerían sobre sus cabezas como balas de cañón. No iban a ser ellos quienes se disparasen a sí mismos. Ahora, en los ojos de la Agente Figueroa, mi intuición se hizo certera, una indiscutible realidad. Mi declaración sería la clave para cerrar el caso del asesinato de mi hermanastro.

- ¿Quieres un refresco? ¿Un bocadillo, Lucía? - Su mirada era amable, pude ver cierto brillo de adulación en sus ojos. Quería saber más. Ansiaba saberlo todo -.

- Cola light y bocadillo de bacon con queso. Por favor. Gracias.

Un ratito después, entre sorbo, bocado y sorbo. Continué por donde lo había dejado.

Ricardo Gil, hermano de Alejandro y su mujer, Anselma. Padres de los gemelos, Samuel y Fede. Los cuatro, sentados a la mesa.

Magdalena acababa de decir que ellos sí que tenían verdaderos motivos para acabar con la vida de Jonathan.

Las miradas del resto de miembros de la familia se anclaron en ellos dos. Esperábamos una explicación, una defensa a tal acusación. Lo que fuera que disipara nuestras ansias de saber. ¿Que había hecho Jonathan esta vez?

Samuel y Fede se miraban el uno al otro. Parecían espejo y reflejo de asombro e incredulidad.

Pancho me lamía la palma de una mano.

Ricardo empezó a hablar.

- No es ningún secreto para esta familia, la terrible adicción a la que estuvo sometido Jonathan, durante varios años. Tuvo serios problemas en el instituto, llegó a los oídos de algunos de sus compañeros, la muerte de su madre en el parto. Fueron crueles, algunos se burlaban del pobre muchacho, ¡Pequeños cabrones! Herir así a alguien, metiéndole el dedo en la llaga de esa horrible manera. Tuvo varias peleas y para postre, aquel chico rubio. Ese mal nacido lo acabó de hundir. Todo esto salió un día como hoy. En una de nuestras cenas conmemorativas por la ausencia de nuestra amada Sofía.

Santiago, el abuelo de Jonathan y Julia y padre de Sofía, intervino.

- Ese cabrón se llamaba Francisco. Le llamaban Francis. Hijo de puta, hijo de puta.

- Vale padre, vale. Cálmese. - Le sugirió Alejandro, palmeándole suavemente en la espalda -.

Dolores, la abuela de mis hermanastros y madre de Sofía acabó de tranquilizar a su octogenario marido. Le acercó la bombona de oxígeno y le puso la mascarilla.

Ricardo continuó tras aquella breve y brusca interrupción.

- Sí abuelo, se llamaba Francis. El chico le dio una tremenda paliza a nuestro pequeño Jonhy.

- ¡Esta bien Richard! - Vociferó, Alejandro - ¡Déjate de rodeos! ¿Que ocurrió con mi hijo, para que Magdalena haya dicho que tenías motivos suficientes para acabar con su vida?

- ¡Ningún motivo para matarle! ¡Es que estáis todos locos! Jamás debí explicarle a Magdalena lo que pasó aquel día. Está bien, ahora lo sabréis, pero aquello no fue motivo para hacer nada grave al respecto. Lo que se debía hacer ya se hizo entonces.

Ricardo bebió un vaso de agua.

La agente Figueroa le dio un sorbo a su café.

- ¡Maldición, esta helado! - Exclamó-.

Yo le di un trago a mi cola light y proseguí.

- Tu hijo, acompañado por mis hijos, Fede y Samuel. Fueron a buscar heroína al barrio de la mina. Allí atacaron a mis hijos, les robaron y les patearon el trasero. Pero lo peor vino luego. Mi Samuel se inyectó aquella mierda con la misma aguja que Jonhy. Fuimos a urgencias aquella misma noche. Todo quedó ahí. Una bronca a vuestro chico, otra a nuestros hijos y nada parecido volvió a ocurrir en nuestra casa. Se lo conté a Magdalena, no debí hacerlo.

- ¿Se lo contaste a mi mujer? ¿Porque a ella? - Preguntó Agustín -.

- Fue en una cena como esta. Desde que murió Sofia, nosotros ya no nos encontramos por Navidad, ni por el cumpleaños de nuestros chicos. Solo nos vemos una vez al año, por la misma razón que hoy estamos aquí reunidos. Fue hace mucho tiempo. Estaba descolocado, tu mujer me vio preocupado, preguntó y yo le expliqué.

Parecía que Agustín sospechaba que había algo más entre su mujer y Ricardo. De hecho, a todos nos pareció atropellada aquella explicación, como si escondiera algo tras aquellas palabras.

Hasta un rato más tarde, no volvió a salir el tema.

Así que, por un lado, teníamos a Agustín y a Magdalena y los ataques a su hija Cristina. Por otra parte estaban Ricardo y Anselma y el conflicto con la heroína que se inyectó Samuel. Nos habíamos enterado todos de que algunos compañeros le hicieron la vida imposible a Jonathan en el instituto. En especial un tal Francis, al que recordaba bien el abuelo.

Alejandro se levantó entonces y dijo que aquello era una estupidez, que era mala idea que intentáramos buscar un culpable, que a fin de cuentas, tal vez fue Jonathan quien había tirado la jeringuilla a la basura de la cocina y que luego había subido a su habitación, donde murió por la sobredosis. Se disculpó con su hermano y sus cuñados, con el resto de miembros de la familia. Concluyó diciéndonos que la idea de que había sido uno de nosotros y que aquel debía confesar, fue fruto de un arrebato, por la rabia, la pena y la impotencia que sintió al ver a su pobre hijo muerto. El mismo día que murió su mujer veintitrés años atrás.

Se levantó decidido a coger el teléfono para llamar a una ambulancia, cuando, en ese momento, alguien le gritó a sus espaldas.

- ¡Has sido tu, cerdo miserable! ¡Tu has matado a tu hijo!

En pie de guerra, Dolores, la madre de Sofía, lo apuntaba con su incriminador dedo índice.

- ¡Tu has matado a mi pobre nieto! - Dolores cayó de rodillas, se tapó el rostro con ambas manos y empezó a llorar y a gemir como una chiquilla-.

***


III


- Todo esto mientras el cuerpo de tu hermanastro restaba inerte en su cama. Acababa de morir y vosotros os acusabais los unos a los otros. Sin llamar a la policía, sin llamar a la ambulancia para que fueran a recoger el cuerpo. Ni a un médico para que certificara su muerte ...

La agente Figueroa, alterada, me soltó un sermón. De sano juicio, la verdad.

- ¡Ese chico, tu hermano, estaba ahí, muerto! ¿Nadie lo lloraba, ni hacía nada al respecto?

- Si que lloraban. Pataleaban, maldecían, gemían y moqueaban. Pero habíamos tomado la decisión de que el culpable confesara antes de hacer nada. Por cierto, Jonathan no era mi hermano.

- Pero, ¿Y si no fue nadie? Según las declaraciones del resto de miembros de la familia Gil y Campoamor, la muerte de Jonathan es un claro caso de suicidio. Al menos hasta ahora. Celebrasteis su funeral anteayer. Esto es solo otra testificación rutinaria para cerrar el caso. ¿Salió algo a la luz? ¿Un culpable al que ocultáis? ¡Por dios Lucía! ¿Es que nadie va a decir la verdad sobre lo que realmente sucedió?

- Hoy, aquí, se está diciendo la verdad. Tranquila, todo a su debido tiempo. ¿Puedo proseguir?

- Tengo todo el día. Continúa, por favor.

- La ambulancia y el médico llegaron antes de lo esperado. Tu llegaste antes de lo esperado. Pero primero, Alejandro tuvo que dar explicaciones a la acusación que le acababa de propinar su ex-suegra.

Dolores, arrodillada. Lloraba y gemía como una niña de tres años. Acababa de señalar a Alejandro como el culpable de la muerte de su propio hijo.

- ¿Yo, matar a mi Johny? ¿Pero que cojones?

La abuela se levantó ayudada por Agustín, manos grandes y Ricardo. Cada uno la agarró por un sobaco y la auparon.

Secó sus lágrimas y limpió sus mocos con un pañuelo de tela que sacó de uno de sus bolsillos del pantalón. Se disculpó entre dientes. Luego, sus ojos se encendieron con el rojo infierno del fuego y volvió a señalar a Alejandro.

- Él siempre pensó que Francis había vuelto con Julia. Pero no era con él con quien se acostaba. No era ese chico rubio su amante secreto. ¡Eras tú! ¡Cerdo miserable!

Bueno. Se armó el San Cristo.

Dolores acabó de explicarse. Resulta que la paliza que le había dado ese tal Francis a mi hermanastro fue debida a que ese chico era el ex-novio de la nueva pareja de Jonhy. Cosas de celos y traiciones entre amigos. Ellos dos, antes de aquello, habían sido como hermanos. Luego, Julia confesó que estaba con otro hombre. Jonathan cayó en depresión.

Pensaba que su amada había vuelto con Francis. Pero no fue así. Ese hombre era su propio padre. Dolores los pilló in fraganti, sin que ambos se dieran cuenta.

Desde que Sofía murió y antes de que Alejandro se volviera a enamorar y a juntar con alguien, osea con mi madre. Dolores iba a menudo a casa de sus nietos para ayudar con las tareas del hogar y cuidar de ellos. Diecisiete años tenía Jonhy cuando ocurrió aquel triangulo de amores y desamores entre él, su amigo Francis y Julia.  Aquel triangulo se tornó cuadrado con la intervención del cerdo de Alejandro. Un padre de cuarenta y largos follándose a la novia de su hijo. En la habitación de su fallecida madre, terrible.

Entonces, oímos a la ambulancia llegar y detenerse frente a la puerta de la casa. Alguien había llamado mientras los demás escuchábamos atentos la lujuriosa historia de la abuela.

Pancho escondió su hocico bajo mi brazo.

Una doctora confirmo la muerte de Jonathan. Muerte por sobredosis, nos dijo.

- Sobredosis. - Reafirmó, Alejandro- .

La mirada de Dolores albergaba rabia e inquisición sobre su yerno.

Los técnicos de enfermería y la doctora nos hicieron esperar fuera de la habitación. Mientras preparaban la camilla para trasladar el cuerpo.

Antes de que entraran a recoger el cadáver, yo aún estaba allí con él. Fui la última en salir de la habitación. Besé su frente y le susurré al oído...

- Nunca olvidaré lo nuestro, sé feliz.

Entonces vi que su mano izquierda tenía un dedo tieso, apuntando hacia algún lugar, hacia su escritorio, hacia un cajón del escritorio. Seguí la linea que iba desde la punta de su dedo a la mesa. Abrí el cajón y hallé un sobre cerrado con dos palabras escritas en el exterior.

"La Verdad"

¿Que verdad? ¿Como, cuando y porque había escrito aquello? ¿Antes de suicidarse, antes de que lo asesinaran? Tal vez aquello no significara ni aclarase nada. Pero guardé aquella carta en el bolsillo de mi pantalón.

Sacaron a Jonhy de su habitación. Tapado completamente por una gran sabana blanca. Parecía un fantasma. Era un fantasma.

La agente Figueroa se preparó otro café.

***


IV

Todos estábamos en la puerta de la casa viendo como se alejaba la ambulancia. La policía científica estaba ahora en la habitación de Jonathan y la agente Figueroa plantada ante nosotros. Con ese cabello rubio platino y despeinado. Con su bloc de notas y su pluma dorada.

- ¿Recuerdas aquellos rostros empalidecidos? ¿Las lágrimas en los ojos de cada uno de los miembros de la familia Gil y Campoamor? La mayoría de ellos mostraban emociones sinceras.

- ¿Y esa carta? ¿Como puedo confiar en ti, si me ocultaste eso? ¿Que ponía en esa carta, Lucía? ¿Mantuviste una relación sentimental con tu hermanastro?

Figueroa me hacía demasiadas preguntas. A la última, me negué a contestar.

La carta no la llegué a leer hasta mucho después. Fue la clave para entenderlo todo.

En cuanto el coche de la policía científica desapareció y tras él, el de la agente Figueroa. Agustín le arreó un soberano puñetazo en la nariz a Ricardo. Acto seguido, Magdalena, no su propia mujer, Anselma, si no Magdalena, fue a su lado a consolarlo y a limpiar la sangre que le goteaba de sus fosas nasales. Luego, lo abrazó.

Esa fue la siguiente vez que salió el tema de una infidelidad que todos sospechábamos. Incluso antes de aquella noche. Sin palabras. Un golpe y un abrazo fueron la afirmación gráfica de lo que allí había pasado entre ellos.

Entramos de nuevo en casa. Alejandro se puso en pie frente al resto de nosotros. Miró hacia el suelo. Suspiró y alzó la cabeza. Su mirada denotaba culpabilidad.

- Yo maté a mi hijo.

La agente Figueroa estaba a punto de terminarse su segundo café pero no llegó a hacerlo. Al oir eso, apartó la taza de sus labios y abrió los ojos como dos crisantemos.

- Tu padrastro. ¿Confesó? Dilo claro, Lucía. Debo detenerlo ahora mismo si fue así.

- No. Dijo que había sido él solo porque se sentía culpable. Culpable de que su hijo se inyectara aquella sobredosis. Culpable de que su pequeño cayera en el mundo de la droga.

Claro que pensamos que Alejandro se estaba declarando culpable del asesinato de su hijo. Pero entonces, rompió a llorar y habló. Estaba arrepentido de lo que ocurrió con Julia. Aquella chica. La ex-novia de Jonathan.

Llegó el día del entierro.

Pancho se sentó a mi lado.

En el momento en el que el cura dijo aquello de... "Si alguien quiere añadir unas palabras en recuerdo del joven difunto"...

Alejandro habló de su hijo. De lo mucho que lo quería y  de que sentía haber sido un mal padre y hacer cosas que nunca debió hacer. Magdalena y Ricardo hablaron. Todo eran buenas palabras sobre el pequeño Jonhy. No mencionaron nada sobre su adicción. Sobre los problemas ocurridos con sus respectivos hijos. Fueron todo palabras cariñosas y de despedida.

Subí a decir mi último adiós.

- Os leeré algo que escribió Jonathan el día de su muerte - Dije ante todos los expectantes miembros y allegados a la familia Gil y Campoamor- . En recuerdo de mi querido hermanastro y en honor a su fallecida madre, Sofía.

Saqué la carta del bolsillo de mi chaquetón negro. No la había leído antes de aquel momento y tampoco lo hice entonces.

Santiago se levantó de su silla. Dolores le acercó la mascarilla y este le apartó el brazo de un manotazo. Cayó estrepitosamente al suelo a causa de un infarto.

Todos fueron a socorrerle, todos menos yo.

Así acabó el funeral.

Esta mañana, en la que escribo el final de mi novela. Santiago murió en el Hospital St. Lorens, en el que llebava tres meses ingresado. Muy grave.

- ¿Que ponía en esa carta?

- Aquí la tiene, agente Figueroa. Yo ya me lo imagino, averigüémoslo juntas. Aún está cerrada.

- ¿Como has podido esperar hasta hoy sin leerla?

- Es la guinda del pastel. Tras explicar todo lo que ocurrió aquella noche. En aquella maldita casa. En la cena conmemorativa por Sofía. Hoy, aquí, se sabrá la verdad.

"Los ataques y abusos a Cristina fueron horribles, él nos amenazó. A ella para que mintiera, a mi para que acarreara con la culpa..."

La vida de Jonathan siempre fue un infierno. Los problemas con sus tíos, sus primos y sus amigos. Su terrible adicción.

La jeringuilla que acabó con la vida de Jonathan portaba una sobredosis de terror.

Su abuelo la sostenía en sus manos, "Toma pequeño -le dijo- ya puedes dormir tranquilo". Luego la arrojó a la papelera y el pequeño alambre de una valla lo desencadenó todo. El azar así lo quiso.

La carta empezaba así...

"Querida familia está carta hablará por mi, no lo soporto más, debéis saber quién es él en realidad. Ayer llamé al abuelo por teléfono y le dije que hoy todos sabríais la verdad..."

Jonathan llevaba dos años limpio. Un nuevo amor despertó en él las ganas de vivir. Quiso quitarse aquel horrible peso de encima y hallar la felicidad. Espero que mi susurro llegara hasta él y que allí donde esté, sea feliz.





Fin

Comentarios

  1. Me faltan palabras y calificativos para expresar lo mucho que me ha gustado, Edgar. Parecía largo, pero lo cierto es que lo he leído del tirón sin pestañear y sin poder apartar la vista de la pantalla del ordenador. Magnífico!!

    Una trama interesante, un argumento de suspense muy bien urdido, unos personajes repletos de secretos y una narradora excepcional. No se puede pedir más. Me ha encantado, enhorabuena!!!!!

    Un abrazo de compi super impresionada y ojiplática :))

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    1. Eeeee... A mi me faltan palabras para agradecer tu valoración. No, no me faltan. De hecho con una será suficiente... ¡GRACIAS!
      Eso sí, en letras mayúsculas y envuelta en signos de exclamación.

      Me alegra que te haya parecido interesante y de suspense bien urdido, me ha costado lo mío... He sudado bastante tinta.

      Un Súper Abrazo Compi de Letras, a mi me has impresionado con tu "Ojiplática", ¡Tomo nota! ;))

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  2. Muy bueno compañero, mereció la pena esperar.

    Un abrazo.

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    1. Muchas gracias, Oscar. Me alegra que así lo creas. Un abrazo.

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  3. Felicitaciones Edgar, magnifico relato. Me mantuviste en vilo hasta el final. Puro suspenso y muy bien llevado. Un abrazo.

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    1. Muchas gracias, Carlos. Me alegra que el relato te mantuviera en vilo hasta el final. Gracias por tu positiva valoración, todo un honor. Un abrazo.

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  4. Menudo suspense hasta el final. No te imaginas nada de lo que en realidad es la verdad. Muy bueno Compi, me ha gustado mucho. Una familia un poco caótica llena de infidelidades y mentiras. Genial. Un abrazo.

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    1. ¡Muchas gracias, María! Os he mareado un poco con este relato, publico, elimino, vuelvo a publicar... Jajajajjaja. Me alegra que te haya gustado y que no imaginaras el final. Sí, muchas mentiras, secretos e infidelidades, una familia poco ejemplar.
      ¡Un abrazo, Compi de Interconexión Digital! ;)

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  5. Increíble, Edgar, sencillamente increíble. El argumento repleto de suspense e intriga es espectacular, pero lo mejor es la forma en la que llevas la historia, esa estructuración tan cinematográfica que nos traslada del presente del interrogatorio, al flashback narrado por la chica a la que interrogan, continuamente. Como en una película, imagine los cambios, incluso cambios de color entre uno y otro momento, las transiciones típicas en estos casos, etc.
    Una telaraña que une a todos los miembros de la familia con Jonathan, hilos formados por secretos que poco a poco se ven obligados a revelar, logrando una trama complicada pero excelentemente clara.
    Repito, increíble y espectacular relato que mantiene en vilo hasta el final. Me ha encantado, y además, ha hecho que me decida a subir al blog una obra de teatro que escribí hace tiempo que cuenta una historia de acusaciones y muerte parecida; no es tan buena y compleja como la tuya y es de un humor absurdo, pero bueno... a ver qué tal.
    Gran trabajo.
    Un abrazo, Amigo de Letras.

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    1. ¡Muchas gracias, Ricardo! Me halaga tu positiva valoración y análisis de la estructura del relato. Me encantará leer esa obra de teatro de intriga, obra de un escritor al que verdaderamente admiro. ¿No tan buena? Eso habrá que verlo, seguro que será cuestión de gustos.
      ¡Un abrazo, Amigo de Letras!

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